Un mapa de agua

Iba Marte estas noches siguiendo a la luna como un niño que vuela una cometa. Ahora sabemos que quizá le llevaba su botín de agua para sobrellevar el calor, su luz roja para no perderse en el espacio sin carreteras y su carisma de vecino solitario para evitarle el sofocón del eclipse de esta noche. O quizá Marte la persigue para aprender a reaccionar cuando por fin nos decidamos a estamparle un cohete en el ojo mientras sonríe, que es la única forma de descubrir vida en el espacio de barbas largas, chisteras y levitas hasta las corvas. Es lo que imaginó Méliès. Y la palabra de un prestidigitador que inventa el cine de ciencia ficción es la única verdad posible. No fue la prosa la que nos rescató de la oscuridad de un cielo sin estrellas, sino la imaginación de los científicos que supieron adelantarse a lo que querían ver.

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Venus, Marte y Júpiter, durante su conjunción planetaria de 2015. / SIDERIBUS.COM

Guarda Marte lingotes de agua salada, un caribe para bacterias y microorganismos acostumbrados a la vida de esquimal, a la de indígenas de la selva, a la de las corbatas de agosto. Un lago subterráneo en el Polo Sur del planeta, la edición facsimilar en tonos sepia de nuestra Antártida. Y pasamos del asombro de la ciencia al hechizo de la ficción, porque lo primero que nos preguntamos es si habrá vida. Cuando el mero hecho de haber rascado el suelo bajo la superficie marciana no fuera sino convertir los relatos de Ray Bradbury en estampas costumbristas. Como si hubiéramos asumido por decreto que enviar una sonda y depositarla con cuidado a unos 60 millones de kilómetros de distancia no fuera ya suficiente. Como si recibir sus datos e investigaciones como quien recibe un whatsapp de la novia no fuera ya suficiente. Como si convertir unas ondas de frecuencia en gotas de un lago salado no fuera ya suficiente.

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La luna, durante un eclipse. / SIDERIBUS.COM

Desvela Marte su mapa del tesoro para la vida extraterrestre con el enigma y la suspicacia que inundan la posada del Almirante Benbow a la llegada de Billy Bones y su cofre en la novela de Stevenson. Y la humanidad vuelve a sentirse como el pequeño Jim Hawkins, adolescente y temerario frente a un secreto de piratas con varias circunnavegaciones a cuestas y una pata de madera. Ya no es el firmamento el campo de batalla de unos dioses terribles, sino la pantalla panorámica de unos niños curiosos que han perdido la vergüenza de preguntar. Porque nos hace sentir infinitesimales. Porque nos insufla un alma de compañía. Porque la astronomía fue el cine de nuestro Paleolítico, nuestro primer cuento para dormir. O porque queremos ser los primeros en explorarlo. Con nuestros telescopios, con nuestra impaciencia, con nuestra inacabable pasión por las páginas en blanco, los destellos de luz y los eclipses al atardecer.

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