Haití, gran casino de la perversión

Enero de 2010. Un terremoto destroza Haití. Más de 300.000 muertos. Todo el planeta se vuelca en proyectos de ayudas al país caribeño, uno de los más pobres del mundo, vecino de la próspera y turística República Dominicana, con la que comparte el territorio de la isla de La Española. Las organizaciones de cooperación acuden en masa. La Generalitat Valenciana, en aquel momento a cargo del Partido Popular (PP), promete cuatro millones de euros para la construcción de un hospital. La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) recibe 1,8 millones de subvención para la puesta en marcha de escuelas infantiles. Ocho años después, el hospital no existe y su principal responsable, el conseller de Solidaridad y Ciudadanía de entonces, Rafael Blasco, está en procesamiento por este asunto. El presidente de la RFEF, Ángel María Villar, rinde cuentas ante los tribunales por el supuesto desvío de los fondos para las escuelas. Y, como puntilla, la prensa inglesa ha desvelado que algunos dirigentes de la ONG Oxfam Intermon organizaban orgías y contrataban prostitutas, algunas de ellas menores, a cuenta de la organización. “Haití es el país más miserable y desprotegido del mundo”, cuenta el diputado autonómico alicantino David Cerdán (PSOE), “es el gran casino de las perversiones humanas, porque allí cabe todo y nadie lo vigila”.

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Un hombre rebusca objetos entre los escombros del terremoto de Haití de 2010. / WIKIMEDIA COMMONS

Cerdán visitó Haití en 2005, cuando ejercía de jefe de Comunicación de la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional, que lideraba Leire Pajín durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Y la huella de aquel viaje aún no se ha desvanecido. “Es la zona cero”, continúa Cerdán, “un país pobre, fallido, desamparado ante los fenómenos naturales”. La situación se percibe ya desde el aire, al llegar en avión. “La frontera es una línea marrón muy pronunciada que separa Haití de la República Dominicana”. Y tras el aterrizaje, nada mejora. “Es un país que padece un estado de guerra sin que haya guerra, ahogado por la necesidad y la hambruna, en el que la vida vale poco o nada y hay una permanente sensación de peligro, de violencia perpetua”. El diputado aspense recuerda un barrio de la capital haitiana, Puerto Príncipe, en el que se desarrollaban proyectos internacionales dirigidos a las mujeres. “Había clases de costura o centros para madres solteras, y estaban todos perimetrados con vallas”, asegura. “Aquello parecía Mad Max”. Sin embargo, prefiere quedarse con otra percepción. “La gente sonríe todo el rato”, señala, “viven eso que se ha perdido en Occidente, la felicidad de las pequeñas cosas, de estar vivos, simplemente, de ser niños y jugar al sol”.

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Los restos de la catedral de Puerto Príncipe tras el terremoto. / WIKIMEDIA COMMONS Marco Dormino

La situación viene de lejos. Haití quedó desolado en la época colonial. “Francia saqueó todos los recursos, deforestaron el país entero para plantar caña de azúcar”. Y tras la independencia, el agujero fue haciéndose mayor y más profundo. “No hay estructura de Estado, no hay carreteras, los pocos turistas norteamericanos que llegan en crucero apenas visitan playas acotadas y exclusivas y no dejan ningún impacto económico allí, como si fuera un parque temático cerrado”, asevera Cerdán. “Es un triste solar, el sumidero de América Latina”. Y, por tanto, carne de cañón para ventajistas. “Hay proyectos solidarios de ONG y congregaciones religiosas que realizan un trabajo fantástico, pero la comunidad internacional no hace nada porque no hay nada que ganar”, denuncia el político socialista. Ni petróleo, ni oro, ni tierra fértil. Nada.

Cerdán confiesa que no es “nada optimista” respecto a la recuperación de Haití. “¿Para qué vas a invertir en Haití si hay tantas posibilidades en el resto del Caribe, en República Dominicana, en Jamaica, incluso en Cuba? Te evitas preocupaciones”. “Siria, por ejemplo, acabará arreglándose, se alcanzarán acuerdos tras la guerra” porque tiene materias primas, vaticina, “pero aquí nadie va a ganar nada”. Haití es un páramo “en el que todos los sinvergüenzas lo tienen fácil” para llenarse los bolsillos o dar rienda suelta a sus inclinaciones más oscuras. “Y seguirá así, cuando en lo único que hay que intervenir es en paliar la hambruna”, zanja. Así de sencillo, así de imposible.

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